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Postales de un viaje austral

POSTALES DE UN VIAJE AUSTRAL

 

“A cinco mil metros de altura los encontré, los abracé y los besé. Les agradecí haberme otorgado las energías necesarias para dar cada paso que me llevó hasta ahí. Lloré. Lágrimas de felicidad y de regocijo inmenso. Sentí sus manos sobre mis hombros y entre las mías, aun cuando la distancia física hiciera de eso un imposible. Les agradecí por brindarme un poco del tesón necesario para no claudicar ante el agotamiento, el frío que de repente calaba en los huesos y la sensación de puna que instaban a volver a casa.

Como cuando un niño no disfruta de la comida que se le da, mis pasos eran uno por el papá y otro por la mamá. Me enseñaron a no desistir en una tarea salvo hubiera hecho todo esfuerzo posible por lograrla, y lo hice.

No es el mero afán de subir una montaña lo que me llevó hasta ahí, claro que no. Existe tras este gran esfuerzo físico un afán de superación, una búsqueda de motivación que me impulse a realizar cosas para las cuales quizás uno no se considera capacitado. No en la montaña, sino en la cotidianeidad del día a día.

Los amo, no podría haber llegado a la cumbre sin tenerlos a ustedes conmigo.”

[Carta escrita a mis padres el día de mi primera ascensión al cerro Leonera, en marzo 2012]

 

 

            Miraba al sur. Como las aves migratorias que se desplazan a las más australes áreas de invernada, miré al sur. Como desde la cumbre del cerro Leonera aquella vez, miré al sur, esperando mis ojos agradarse con la belleza de los cautivantes paisajes de la cordillera patagónica. Sus colores, el sonido del viento que se hace música estando en lo alto de una montaña. Todo confluía en torno a una experiencia que sería, sin duda alguna, muy desafiante.

Este relato comenzó a escribirse a modo de notas hace meses durante el transcurso de diversos viajes, fugaces y extensos, desde otros continentes hasta el Chile más austral. La mayoría de estas notas fueron desechadas o utilizadas sólo como ayuda de memoria para volver a situarme en aquellos pasajes olvidados de esta historia que duró casi nueve meses. Lo que sería una mezcla entre relato y bitácora de los hechos acontecidos durante este largo período, hoy se transformó en una selección de seis postales de esta expedición. Cada postal refleja una emoción que colmó un instante particular de nuestra aventura, como fotos tomadas con una polaroid que uno revisa posteriormente.  Si bien estos escritos están fuertemente influenciados por toda la literatura de viajes y montaña a la que he podido tener acceso, especial inspiración hallé en la lectura del libro “Bajo la Marca de la Ira” de Rodrigo Fica,  montañista que narra día a día los ires y devenires de la expedición que logró el primer cruce longitudinal a Campos de Hielo Sur en un período cercano a los 100 días. Su narrativa sencilla y cautivamente alcanza profundamente la sensibilidad de alguien que, como yo, gusta de la lectura de montaña.

 

“Sin saber en qué irá a terminar esto, sin conocer el grado de repercusión que tendrá, sin advertir si tanto esfuerzo valdrá la pena, tengo la secreta esperanza que lo que estamos viviendo le pueda llegar a ser útil a alguien, algún día. Que, por favor, no muera entre nosotros, que no se pierda. Hemos vivido cosas tan especiales que espero que alguien más las pueda conocer y quizás, por qué no, aplicar a su propia realidad”.

[Rodrigo Fica (2005). Bajo la Marca de la Ira]

 

 

3 DE FEBRERO

Chaltén

 

 

“Suele creerse que la nostalgia es el ánimo de quien parte, de quien recuerda un lugar del cual se aleja. En realidad lo nostálgico es lo contrario. Mientras viajamos apenas hay tiempo para el recuerdo. Nuestros ojos están llenos. Nuestros músculos, cansados. Y sólo quedan fuerzas para seguir moviéndonos. Hacer maletas nos obliga a suspender el pasado. El tiempo resbala por la piel del viajero. Para el sedentario, en cambio, el tiempo pasa lento y deja huella. La quietud es el motor del recuerdo. La nostalgia recae en quien se queda. No hay nada que nos deje tan pensativos como acudir a una estación a despedir a otro, quedarnos viendo un transporte que se hace pequeño hasta desaparecer. ¿Cuál de los dos desaparece?”.

[Andrés Neumann (2010). Como viajar sin ver]

 

Abrochar el cinturón, enderezar el respaldo del asiento y apagar todos los aparatos electrónicos; las instrucciones previas al despegue del avión. El instante del despegue siempre me ha parecido algo realmente único. Ese momento particularmente significativo en que el avión se separa de la pista tiene un valor especial para mí. Es desprenderse, dejar algo atrás, dirigir la mirada y el pensamiento hacia algo que aun está por venir. Literal y simbólicamente nos despegamos del suelo y volamos por unas horas,  aprovechando la inmediatez de la desconexión con lo que queda en tierra.

Ese fue nuestro primer instante de felicidad. La ansiedad desaparecía y comenzábamos a disfrutar de esto que habíamos esperado tanto tiempo. A poco andar la cordillera llenaba el paisaje a través de la ventana. La recorreríamos hasta su extremo más austral durante una larga noche de vuelo. Luego, en los días venideros, y desde la vertiente opuesta, cruzaríamos por debajo de sus cumbres nevadas hasta pisar por primera vez Campos de Hielo Sur. Mil sensaciones se fundían en un sentir extraño.

A pesar de lo abultado de nuestro equipaje y del peso que este pueda tener, cargábamos sobre nuestros hombros con un peso mucho mayor.  El peso de las expectativas, de cumplir con lo que el resto del grupo estaba esperando de uno mismo, de sacar adelante una tarea que nos habíamos propuesto pero que en cierta medida estaba construida bajo el alero de una ilusión, un sueño, un deseo. El deseo de sentir que podíamos dar un paso más allá, superar la barrera de aquello a lo que estábamos acostumbrados y vislumbrar el límite de nuestras capacidades.

El trayecto entre El Calafate y El Chaltén es el fiel reflejo de lo que es la patagonia. La pampa austral, los ríos de color turquesa, el fuerte viento, lagos y glaciares. De la cordillera patagónica, tierra del fuego y todo el territorio chileno y argentino austral poco se puede decir. Las palabras no harían justicia jamás a una de las más grandes bellezas naturales del mundo entero. En mis lecturas previas al viaje encontré el siguiente texto referente a Patagonia que intenta describir lo fantástico de aquellas últimas estribaciones de los andes meridionales:

“El mar en su color y movimiento, lo abrupto del litoral, la navegación, las rocas, las montañas, el hielo de los glaciares que por su luminosidad y tonalidad proporciona sensaciones que para comprenderlas requieren ser vividas, porque no admiten descripción; en fin… constituyen los elementos que adornan y conforman con prístina hermosura el paisaje de las tierras y mares del extremo sur americano”.

[Mateo Martinic (2005). Crónica de las tierras al sur del canal Beagle.]

 

Emprender una expedición a las entrañas de la montaña nos serviría para descubrir todo aquello que se dice acerca de estas inaccesibles tierras dominadas por el hielos. La Patagonia aquí demuestra ser indómita, feroz y a la vez tremendamente cautivante. El clima violento se transparenta a través de un frío que no cala únicamente en los huesos, sino también socava la estabilidad emocional, transformando al ser humano en presa fácil de la desesperación. La Patagonia te deprime, te hunde y te desalienta, pero de pronto súbitamente te eleva, te motiva y te trae de regreso al estado de euforia.

A lo largo de la aproximación las nubes nos permitieron apreciar sólo parte de las verticales paredes graníticas del monte Fitz Roy. Ya desde El Chaltén pudimos divisar su cumbre y luego su figura completa. Sin embargo, detrás de aquél cordón de cerros el panorama desde el pueblo mostraba únicamente nubes grises que se desplazaban a alta velocidad en dirección sur. Todo indicaba que las condiciones climáticas no serían las mejores. No había sido un año estable en el tema meteorológico y el verano tampoco lo estaba siendo. Deberíamos conformarnos con pocas ventanas de buen tiempo.

Los primeros días transcurrieron de manera tranquila. Ya en el lago Eléctrico la meteorología comenzaba a presentarse adversa, pero contábamos con la ventaja de saber que una excelente ventana de buen tiempo nos permitiría subir al paso Marconi el día siguiente. Varios pronósticos así lo confirmaban. Luego de eso la situación era incierta, como es natural en campos de hielo.

6 DE FEBRERO

Campamento Serac

 

            Mientras caía sentí solamente como mis extremidades golpeaban la roca. Miré en dirección al glaciar como buscando hacer contacto visual con alguien más. No pronuncié palabra alguna en tan breve instante. La cuerda se tensó y sentí como tiraba de mi arnés. La caída se detuvo y volví a respirar. La primera sensación no fue de alivio. Muy por el contrario, fue una extraña mezcla de rabia y desaliento por tener que volver a trepar aquellos metros que me había precipitado pared abajo. Apoyo mis pies en la roca mojada y veo metros más arriba el seguro que, muy probablemente, acababa de salvarme de un desenlace más trágico. Era la primera vez que sufría una caída de ese tipo, y agradecí enormemente tener un compañero velando por mi seguridad varios metros más abajo. Gracias Pato!

            Me reincorporé, volví a trepar aquellos metros, superé el paso que me había hecho trastabillar y me encontré finalmente con un panorama desalentador. La ruta en la cual había depositado mis esperanzas resultó ser inviable y la única opción era descender. Ahí, siendo objeto de la lluvia y el agua que salpicaba proveniente de la cascada, decidí que debíamos abandonar esta opción y volver al campamento. Descendí rapelando esos treinta metros y entregué la noticia a mis compañeros y nos vimos obligados a rearmar el campamento en el mismo sitio en el cual nos encontrábamos hace 2 días.

La lluvia caía y hacía resonar el toldo de la carpa. Por momentos se dificultaba la comunicación con el resto del grupo que permanecía resguardado del mal tiempo en las carpas vecinas. El viento soplaba fuerte proveniente desde el norte, lo que nos tenía literalmente en la boca del lobo, ahí sobre el Marconi. El glaciar Marconi nace en el paso del mismo nombre, nuestro punto de entrada a Campos de Hielo Sur. Ahí, quinientos metros más arriba, el paso actúa como un recipiente de todas las corrientes que soplan desde el oeste, nacidas en el océano pacífico y que atraviesan la Meseta de los Cuatro Glaciares. Como consecuencia de esto, el glaciar Marconi y todo el valle del río Eléctrico reciben una constante y feroz bocanada de viento gélido.

            Estábamos acampando sobre el glaciar. A nuestro costado izquierdo, ladera occidental del glaciar, el cordón Marconi dejaba caer sus seracs a algunos cientos de metros de nuestro campamento que, por el mismo motivo, se hallaba más cercano a la ladera opuesta, compuesta únicamente por roca y en la cual no ocurrían ese tipo de deslizamientos.

Justo frente a nuestro campamento se hallaba el primer escollo de la travesía. Se trataba de una pared de aproximadamente 200 metros de altura compuesta de roca lisa pulida producto de la actividad glaciar y el cause de agua que corría de forma constante por su costado derecho. La lectura de relatos de otras expediciones a estos mismos confines hablaban de que dicha pared debía superarse por el costado derecho de la cascada. Sin embargo, guías de la zona nos habían comentado que la manera correcta y más sencilla era hacerlo por el costado izquierdo. La otra alternativa, que por lo demás parecía absolutamente inviable, consistía en superarla por sobre el glaciar que caía por la ladera este del Marconi Norte, lugar donde se reiteraban los deslizamientos de hielo y nieve. Otro dato importante entregado por los guías, y sabido ya por nosotros, era la existencia de chapas para asegurar con cuerda el trepe por la roca. Lamentablemente desconocíamos la posición de estos seguros y, en medio de un clima hostil y sin conocimiento específico del terreno, hallarlas se convertía en una tarea compleja.

Habíamos llegado a este punto de la ruta el día 4 de febrero, dos días atrás. Aquella misma jornada, aprovechando las buenas condiciones, habíamos realizado una inspección en la roca por el costado derecho de la cascada. Existía la alternativa de subir y atravesar la caída de agua de este a oeste, pero sin un pasamanos sería tal vez riesgoso, considerando el peso que cada uno de nosotros cargaba en la espalda. Ahí fue cuando visualicé la opción de trepar por el costado derecho hasta lo que parecía ser la salida de las rocas unos 30 metros más arriba. Luego de subir ahí, acción que me había costado tan dolorosa caída, nos dimos cuentas que las posibilidades por esa vía eran nulas.

La lluvia seguía cayendo copiosamente sobre el campamento y el viento no amainó durante todo el día. Me hallaba desanimado luego del reciente infructuoso intento, aunque quizás no tanto como el día anterior que había transcurrido sin nosotros poder hacer nada. Ese día, mientras Karina, Pato y Andrés trabajaban afuera expuestos al frío y la lluvia para fortalecer la pirca que protegía nuestro campamento del viento, yo me mantuve tendido al interior sin querer salir ni emprender acción alguna. El desánimo producido por no haber podido aprovechar la ventana de buen tiempo del día 4 para salir de aquél sitio y llegar al refugio me había golpeado fuerte. Fue el primer bajón anímico, ya que había sido una situación absolutamente evitable. Fue nuestro peor error en cuanto a planificación de la ruta. No haber advertido que la pasada de rocas que teníamos frente a nosotros no era tan trivial como pensamos, y mucho menos con mal tiempo, nos estaba pasando la cuenta. Debíamos ahora esperar otra ventana de buen tiempo cuya aparición podría tardar horas, días o semanas.

Debíamos tomar decisiones. Primero respecto de qué hacer en caso de continuar el mal tiempo. Podrían haber existido cientos o miles de motivos para volver a atrás, desandar el camino y regresar a casa. Con seguridad todos ellos podrían haber parecido opciones mucho más atractivas que seguir adelante y entrar en campos de hielo con esta incertidumbre respecto del pronóstico del tiempo. Pero permanecer estoico frente a un reto es sin duda la alternativa más difícil, y para ello estábamos ahí. Aún así, decidimos que el día siguiente sería nuestra última oportunidad. “Last chance” era nuestro himno aquél día (al ritmo de “Last dance”). De no producirse una ventana de buen tiempo deberíamos recoger el campamento y descender a través del glaciar para continuar a través del valle del río Eléctrico y quizás pernoctar en Piedra del Fraile, pasar algunos días haciendo trekking por el sector y volver a El Chaltén con las manos semi vacías. Nadie pretendía que esto acabara así, pero estábamos finalmente ante nuestra última oportunidad.

 

 

8 DE FEBRERO

Refugio Eduardo García Soto

 

La primera vez que oí hablar de Eduardo García Soto fue en una conversación con mi padre. García, durante su época como docente de la Universidad de Chile, se desempeñó además como profesor del curso de montaña en las escuelas de geología e ingeniería forestal, instancia en la cual mi padre había tenido la oportunidad de conocerlo y compartir con él algunas jornadas de escalada en Baños Morales. García fue una persona admirable, sin duda alguna. Científico, académico y montañista, este hombre estuvo siempre ligado a los hielos. Preocupado además de materias limítrofes con Argentina, advirtió en reiteradas ocasiones la situación que podría darse y que obligaría a Chile, por la pasividad que lo caracteriza, a entregar parte importante del Campos de Hielo a Argentina. Aún hay montañas que han recibido como primera y única visita a su cumbre a cordadas integradas por García, como el cerro Alto de la Mamá en la cordillera rancagüina, inescalado desde aquél verano de 1957. En los años sesenta realizó un cruce de 255 kilómetros por los hielos continentales, lugar al que volvería en reiteradas ocasiones. Formó equipo junto a Eric Shipton y otros exploradores extranjeros. 7 veces se embarcó en expediciones al continente blanco, lugar donde finalmente encontraría su muerte. Su deceso en la Antártida fue el regreso a los hielos que él tanto amó.

            El cristal de las ventanas lucía empañado, pero el brillo de los rayos del sol del amanecer nos señalaba que ya era hora de levantarse. El refugio es cómodo, cobijo del cual no habíamos podido disfrutar nunca durante los cinco días previos. Abrir su escotilla y salir a admirar la inmensidad de campos de hielo sur es una tarea difícil, principalmente por tener que autoconvencerse de querer hacerlo. El Fitz Roy se ilumina junto a las agujas que lo rodean, filtrando la luz que cae sobre el paso Marconi.

A nuestro costado izquierdo se yergue la figura del cerro Gorra Blanca, quizás la cumbre de más fácil acceso de campos de hielo. A esa altura a nosotros nos parecía un coloso de aquellos. Vestido completamente de blanco, sus glaciares caen hasta las proximidades del paso Marconi y del refugio que estábamos habitando. Habría sido un sueño hacer un intento a aquella cumbre, pero las prioridades luego de casi 3 días detenidos en el hielo habían cambiado.

Dejamos atrás lo que tantos dolores de cabeza nos había provocado los días previos. El paso de rocas ya era parte del pasado, parte de un relato que tendría ahora una primera situación adversa que narrar, con detalles como el entretenido cruce de la cascada y la instalación de la cuerda fija para ascender por la roca, todo gracias a que el sol había asomado nuevamente. Poder admirar ahora la enormidad de campos de hielo sur era un premio a la tenacidad. El agotamiento se desvanece cuando uno está disfrutando de estos pequeños logros. Es el alimento que necesitábamos para seguir adelante. No haber llegado hasta aquí para gozar de esta vista hubiese sido un tremendo golpe. El hielo y la nieve se fundían con el cielo en el horizonte, formando un inmenso mar de aguas calmas. El viento casi no soplaba aquella mañana.

Haber llegado al refugio tenía para mí un sabor muy especial. Era como estar un poco más cerca de casa y un poco más cerca de mi padre, quien tanto entusiasmo me había contado aquellas historias de su profesor. Miré al cielo y quise que supieran que ya estaba aquí, sobre los hielos eternos con los que tanto habíamos soñado. Que estaba bien, acompañado y seguro de que habíamos superado ya lo más difícil. Que estaba en el refugio, pero como en casa, y que frente a mí tenía el más asombroso jardín de hielo del mundo entero.

 

 

9 DE FEBRERO

Circo de Altares

“Tal vez nos hemos puesto un poco arrogantes con nuestras nuevas y refinadas técnicas… Nos hemos olvidado de que la montaña tiene la última carta”

[Eric Shipton (1933). Upon that Mountain.]

 

El susurro del viento que golpeaba durante la mañana las ventanas del refugio ahora se había convertido en potentes ráfagas provenientes de todas direcciones. Caminábamos siendo golpeados insistentemente por el mal tiempo, sin dar tregua.  El agotamiento alrededor de las 7 de la tarde era el más claro reflejo de una larguísima jornada que se extendía por más de 10 horas y que, sumada a las jornadas previas, había favorecido el estrés y comenzaría luego a quebrantar la estabilidad de muchos de nosotros. Los campos de grietas, la lluvia, el viento y la demora confabulaban en contra nuestra. Junto con las energías, la paciencia también se agotaba. Un tímido sol asomaba de vez en cuando como burlándose de nosotros.

Tendido en el suelo, sobre hielo y roca, comprendí finalmente que nuestra situación era difícil, más compleja que cualquier otra que hubiéramos vivido. Deseé profundamente no estar ahí. Mi caída en una pequeña grieta evitó que pudiese ir rápidamente en ayuda de Sergio, quien yacía junto a mí con una pierna en aquella misma grieta, con agua hasta la rodilla. Seguramente él podría haber alcanzando el mismo nivel de desesperación que había alcanzado yo. Quizás no. Experimenté la desolación, me sentí indefenso, bajo una condición miserable. Desde el hielo levanté la cabeza y divisé a Andrés, quien soportando los embates del viento y las bajas temperaturas, me miraba pareciendo no comprender, al igual que yo, qué pecado estábamos pagando para haber llegado a este punto. Andrés tiritaba de frío, debía tener las manos y pies entumecidos. Yo temblaba también, no de frío, sino por sentir que algo se nos estaba escapando de las manos. Quizás fue la sensación de estar poniendo en duda que alguna vez todo hubiese estado bajo nuestro control.

Estuve inmóvil algunos segundos. Deseé desaparecer, cerrar los ojos y despertar. Despertar de lo que hasta hace poco era un sueño y ahora se convertía en la más tangible de nuestras pesadillas. ¿Acaso aquél sueño tenía un sustento tan débil que se estaba derrumbando ante la primera adversidad? ¿Acaso habíamos sido demasiado ingenuos? ¿Ese era el pecado por el cual se nos estaba castigando? Un montañista sabe que las condiciones climáticas pueden ser una ruda oposición a sus pretensiones. Sabe también que el agotamiento debilita no sólo en lo físico sino también en lo mental. Pero sentir que el más grande deseo que tuve por los últimos 9 meses no estaba valiendo la pena fue una situación reveladora.

Aquél fue un instante breve pero inmensamente cruel que borró de mí todo rastro de orgullo. Nos vimos obligados a abrir los ojos, dejar de lado nuestras altas expectativas y enfrentar el reto que la travesía nos estaba planteando desde otra perspectiva. Por primera vez sentía que nuestras decisiones en la montaña podían cambiar el curso de esta historia. Estamos acostumbrados a situaciones mucho más controladas. Durante una ascensión de fin de semana podemos tardar 2 o 3 horas más de lo esperado en llegar a la cumbre, pero esto no significa nada, pues el auto estará esperándonos ineludiblemente unas cuantas horas de caminata más abajo. En este caso todo era muy diferente. Restaba aun una larga jornada para salir de la meseta de campos de hielo y volver a tierra firme a través del glaciar Viedma. Sin embargo, aún cuando saliéramos pronto, tendríamos que atravesar el glaciar Túnel luego del ascenso al Paso del Viento. Muchas cosas ajenas a nuestra voluntad podrían pasar hasta entonces, por lo que se hacía imperioso tomar buenas decisiones en ese momento. Debimos cambiar nuestra percepción respecto de la permanencia en aquél lugar en que tanto habíamos deseado estar.  Para mí, a partir de ese momento, era fundamental abandonar campos de hielo.

 

10 DE FEBRERO

Glaciar Viedma

“Me interesa por encima de todo el carácter capaz de sacrificarse a sí mismo y a su estilo de vida… Suele ser absurdo y poco práctico. Sin embargo – o precisamente por esta razón – el hombre que actúa de este modo propicia cambios fundamentales en la vida de otras personas y en el curso de la historia”

[Cita de Andrey Tarkovsky extraída del libro “Everest 1996” de Anatoli Bukreev]

 

Largas horas habían transcurrido ya desde el inicio de la jornada en el Circo de los Altares. Habíamos partido con algo de frustración. Durante el primer kilómetro de caminata me volteé en innumerables ocasiones para mirar atrás, como esperando ver el viento correr, las nubes abrirse y divisar al menos por un segundo aquello que habíamos visto tantas veces por fotografías. Habíamos podido verlo en la mañana, al amanecer, pero la generosidad del clima duró tan sólo unos segundos.

La experiencia del día anterior y la reflexión nocturna me habían servido para entender que en estas circunstancias cobran valor algunos detalles que uno da generalmente por sentados, como la preocupación respecto del bienestar de los compañeros y de uno mismo. Recordé las repetidas frases que todos decimos cuando alguien se va a la montaña, aquellas mismas que los padres te reiteran cada vez: “Cuídense”. Nunca antes había sentido de manera consciente que debía responder a esa petición. Para ese entonces se había convertido en el motor que me impulsaba a seguir adelante. Sentí que tenía cierta responsabilidad sobre el resto quizás por no estar agotado físicamente luego de siete días de caminata.

Pensé en mis compañeros, en lo que debía estar pasando por la mente de cada uno de ellos. Apoyarnos era fundamental. Nunca se debe dejar a nadie sólo en estas circunstancias. Jamás debe abandonarse a nadie. Si a algún compañero del equipo le sucedía algo o algún dolor complicaba su paso, todos nosotros debíamos estar con él acompañándolo, alentarlo para que siga adelante, pues al estar lejos de todo y de todos, el mejor combustible para devorar kilómetros y kilómetros es el elemento humano. La solidaridad, la generosidad, la amistad y la unión. En ellos descansa el éxito o el fracaso. Hacer propios los problemas de cada pieza del equipo es parte fundamental de todo esto. En ese momento creo que valoré en su justa dimensión el sacrificio que habíamos hecho todos.

Por la tarde estábamos ya sobre el glaciar Viedma, descendiendo por los hielos hacia lado argentino a través de un campo de grietas. Entendíamos que debíamos salir del hielo lo antes posible. El día había transcurrido con lluvia intermitente y viento norte, pero a esa hora de la tarde parecía que el clima seguiría calmo.

Iba al frente en la progresión. Costaba distinguir a simple vista hacia donde debíamos seguir. Consultábamos frecuentemente con Pato el track del GPS para saber si estábamos yendo por el camino correcto. Llegado un punto la Pauli me señala al costado izquierdo lo que parece ser un corredor de rocas, nuestra salida del glaciar Viedma y el fin de nuestro tránsito por campos de hielo sur.

En aquél recorrido de los últimos metros antes de salir del hielo di los pasos más llenos de emoción que había dado hasta ese entonces. Las lágrimas se dejaron caer, la respiración comenzó a entrecortarse y las piernas parecían recobrar fuerzas.  Sentí que era ahí donde finalmente habíamos alcanzado el éxito, habiendo puesto ya los pies fuera del hielo, aun cuando quedaban muchísimos kilómetros todavía por recorrer. Habíamos pasado lo peor y estábamos todos a salvo. Por un largo rato fui más feliz de lo que pude expresar. Me di el tiempo de darle un fuerte abrazo a cada uno. “Lo hicimos weon, lo hicimos. Ya estamos en casa”, le dije a Andrés. Sentí que el clima, el agotamiento, los dolores y cuanto factor pudo haber estado en contra nuestra, finalmente habían aceptado, a regañadientes, el reto de nuestra voluntad.

Fui feliz nuevamente, esta vez por salir finalmente de campos de hielo, en tierra, donde mis pies tuvieran certeza de qué era eso sobre los que se estaban posando. El último adiós al hielo se lo daríamos desde el Paso de los Vientos, al día siguiente, cuatrocientos metros por sobre el glaciar Viedma. Sin embargo, posiblemente ese adiós se convierta a futuro en un hasta pronto… hielos eternos.

 

13 DE FEBRERO

Laguna Torre

Camino a la laguna Torre me acompaña la sensación extraña de querer olvidar por un momento,  tal vez por algunos días, los detalles de la expedición. La incapacidad para dimensionar inmediatamente lo que hemos hecho, aquella linda estupidez a la cual destinamos tanto esfuerzo, me hace querer poner el foco en otro sitio. Me sumerjo en pensamientos que me liberen de la costumbre de vivir por y para esta expedición. Fueron meses bellos y terribles a la vez. Nueve largos meses de preparativos que por momentos colmaron nuestras capacidades, viéndonos superados por asuntos que en otro contexto pudimos haber solucionado con una simple conversación. El último período había estado cargado de tensión e incertidumbre.

Se me hace preciso dejar en El Chaltén y en estos paisajes algunas de las sensaciones producidas por todo cuanto vivimos a lo largo de este proceso de 9 meses. Deseo dejar aquí los sabores amargos, diluirlos en la belleza de la escena que ahora tengo en frente. Finalmente puedo cautivarme con el esplendor de tan maravillosa escultura geométrica: el cerro Torre. Sin embargo, al mismo tiempo es obligación nuestra hacernos cargo de lo que sobre estos sendero de roca y desiertos de hielo ocurrió. De aquellos ojos que ahora miran más abiertos y distinguen con mayor claridad el sentido que la montaña ha de tener para cada uno al final de nuestros propios caminos. De los miedos engendrados y las barreras derribadas. Todo ello es carga que se va con nosotros, nos acompañará en el vuelo de retorno y quizás por algún tiempo más. Me será muy difícil dejar de pensar en aquellos días de tanto caminar, días en que acompañábamos nuestros pasos con una canción o nos burlábamos de nuestra propia condición al interior de la carpa. Estando luego en la ciudad parecerá una experiencia inverosímil, y muchos detalles hallarán un lugar donde permanecer ocultos en la memoria.

Extraño a ratos estar en Santiago, especialmente ahora que estamos en el mes de febrero. Las calles vacías, libres del bullicio de fin de año hacen de la capital un agradable lugar para estar en vacaciones. Las mañanas y noches cálidas, apropiadas para emprender pedaleos sin sufrir con las altas temperaturas. Pero me siento bien aquí, y es aquí donde queremos estar.

Pienso en mi familia. En mi padre que tantas veces me había sugerido que no estábamos totalmente preparados para emprender este desafío. Que pasar de subir el cerro El Plomo a meternos a la boca del lobo en campos de hielo sur era un salto demasiado grande. De seguro estaba en lo cierto, y quizás logramos salir airosos únicamente porque campos de hielo tuvo un poco de misericordia con nosotros. Él debe saber que nunca olvidé sus palabras. Afortunadamente creo que nunca tomamos decisiones erradas. Procuramos que fuera así pues de otro modo el final de esta historia podría haber sido muy distinto. Pienso en mis hermanos y en los amigos. Sin ellos nada de lo que hicimos hubiese sido posible. Sus llamadas telefónicas los días previos al inicio de la expedición, los mensajes de apoyo, las visitas, los breves encuentros para tomar una cerveza y entregar sus mejores y más honestos deseos de éxito. Agradezco infinitamente cada palabra que recibí. Recuerdo cada abrazo.

Estaré tranquilo si nuestra experiencia ayudar a cambiar en alguien la percepción respecto de poder o no lograr algún objetivo.  Y para eso sólo basta encontrar motivación, pues motivación es sinónimo de cambio, es el reflejo de un deseo profundo de transformación. Y pensamos que hallarla es a veces tan difícil, cuando realmente no es así, pero se diluye tan rápidamente que muchas veces no alcanzamos a palparla ni a sentir su sabor.

De seguro contaremos en detalle lo ocurrido una y otra vez, con especial dedicación a aquellas personas que crean como nosotros que el cansancio, el sudor y los malos ratos fueron un costo bajo frente a todo lo ganado. A aquellas personas que, como uno mismo, sienten intensamente la necesidad de vivir situaciones límites y acometer grandes desafíos, personas dispuestas a la aventura y a la incertidumbre, a buscar nuevos caminos y a no saber lo que hay a la vuelta de la esquina. Esto es para ellos.

 

“ ¿Hemos vencido a un enemigo? A ninguno más que a nosotros mismos”

[Cita a George Mallory extraída del libro “Everest, el desafío de un Sueño” de Rodrigo Jordán]

 

– Gonzalo Aylwin –